¿Han pensado alguna vez en mirar a Marcelino Champagnat con los ojos del hermano Francisco? ¿Y por qué Francisco? Porque este primer Superior general nuestro pidió incesantemente llegar a ser un retrato vivo de nuestro Fundador. Y es un gusto para mí, constatar que durante su vida sus oraciones fueron escuchadas.
Si mirásemos a Marcelino a través de los ojos de Francisco ¿qué veríamos? Ante todo, un hombre que arriesgó. Marcelino no tuvo miedo de arriesgar, de dejar de lado sus planes bien preparados para probar algo nuevo – aún cuando el resultado no estaba asegurado. Después de todo, él construyó el Hermitage inmediatamente después de la primera crisis de vocaciones del Instituto.
En un momento en el que casi todos hubieran reducido las dimensiones de la obra, el Fundador ampliaba y se expandía. Y una vez más, él creía sin dudar que María enviaría las nuevas vocaciones que necesitaban, y ella así lo hizo.
Segundo, cada vez que Francisco miraba a Marcelino no podía sino ver también a María. Porque el fundador estaba enamorado de la madre de Jesús. Sin ninguna duda. Y con el tiempo su relación se fue haciendo tan estrecha que María se volvió su confidente; finalmente confió a ella su Instituto así como sus miembros y sus trabajos.
Finalmente, si mirásemos al Fundador a través de los ojos de nuestro primer Superior general veríamos inmediatamente un hombre que se conocía a si mismo demasiado bien. Impaciente frente a la pretensión y a la promoción de sí mismo, Marcelino daba mucho peso a la virtud de humildad y luchó para darle un puesto central en su vida.
Su relación con María le había enseñado también que esta virtud no tenía que ser asociada con un excesivo rebajamiento de si mismo. Porque siendo simplemente ella misma y no otra persona, María llegó a descubrir la gloria de Dios. La humildad verdadera se realiza cuando nosotros, como ella, acogemos a Dios en nuestras vidas. Haciendo esto, llegamos a vernos a nosotros mismos como lo que somos verdaderamente: criaturas en presencia del Creador.
Ahora, después de mirar al Fundador a través de los ojos de María, supongamos que él vuelve su mirada hacia nosotros. ¿Qué debería ver? Desgraciadamente – y muy a menudo – un Fundador que arriesga y ciertos seguidores que prefieren ir a lo seguro; y todo en nombre de la prudencia y del sentido práctico y de lo que es oportuno. A veces, deberíamos preguntarnos si algunos de nosotros no hubiera tratado de disuadir al Fundador de construir el Hermitage
Ahora bien ¿hay entre nosotros algunos arriesgados como Marcelino? Por supuesto. Tenemos 50 de entre ellos, en Asia en este momento, formando parte de nuestros esfuerzos en la misión ad gentes. Pero cuando pienso en ellos, me pregunto a menudo: ¿tengo yo el coraje que tienen ellos, su generosidad de corazón, su disposición de ánimo para partir hacia la aventura que Dios prepara para cada uno de ellos?
¿Y María? ¿Que vería Francisco si mirara a ella en la vida de Marcelino y en la nuestra? Desgraciadamente, de nuevo, él vería un Fundador enamorado de la madre de Jesús mientras que nosotros sus seguidores nos esforzamos al máximo para domesticar a esta extraordinaria mujer de fe. Muchos de nosotros ya no dejamos que nos moleste, que sacuda nuestro mundo, que toque nuestros corazones.
Pero María, la madre de Jesús, es digna de honor no sólo porque es su madre sino mucho más aún porque fue su discípula. Si Marcelino estuviera aquí hoy, él nos desafiaría a ustedes y a mi, a que pongamos nuevamente a María en el lugar que le corresponde dentro del Instituto y le confiemos el trabajo de renovación del Instituto. Haciendo así entrar a María en este esfuerzo como una compañera de nuestro peregrinaje y como guía, no sólo obtendríamos su ayuda, sino también asumiríamos su mismo espíritu de fe y de apertura a la voluntad de Dios.
Pero no demos este paso, a menos que – tanto ustedes como yo – no estemos dispuestos a frente a las consecuencias. Porque si expresamos a la madre de Jesús nuestro deseo entusiasta de trabajar por una total renovación de nuestro Instituto, lo más probable es que acepte nuestro ofrecimiento.
Finalmente, si Francisco mirara al Fundador y viera la virtud de la humildad ¿que encontraría en nosotros? Un Fundador que se conocía a si mismo con todos sus virtudes y defectos y a muchos de nosotros que seguimos juzgándonos a nosotros mismos y a nuestros esfuerzos según criterios humanos más que con los de Dios. Porque si fuéramos honestos - tanto ustedes como yo – tendríamos que admitir ante todo esto: más que vivir plenamente el mensaje profético del evangelio, todavía anhelamos la aprobación humana, deseamos que piensen bien de nosotros, rezamos para que nuestro trabajo sea considerado dentro de los mejores de su género. De muchos modos – más de lo que podríamos llegar a admitir - nos parecemos a los antiguos Fariseos: buscamos a un rey Mesías que restaure nuestra prosperidad, dejando pasar de lado el Servidor Sufriente que vino en su lugar.
Así, ¿que podemos hacer para cambiar, para aprender a correr mayores riesgos, para devolver a María su lugar propio dentro del Instituto, para volvernos un retrato vivo del hombre y santo cuya fiesta celebramos hoy? La respuesta a esta pregunta ha estado con nosotros desde el comienzo de la Sociedad de María: aceptar y asumir el espíritu de la madre de Jesús y hacer nuestro el mensaje de su Magnificat. En el relato de la Visitación de Lucas vemos una joven mujer que aunque inculta, pobre y sin poder, conserva toda su audacia y entusiasmo. Después de encontrar al mensajero de Dios, ella canta con fuerte voz su canto revolucionario diciendo a todos los que escuchen que Dios su Salvador está llegando para derrocar al opresor a favor de los pobres de esta tierra. Después de muchos siglos desde entonces, es aquí donde yace el gran escándalo de Cristianismo: cuando llegó el momento, la Palabra de Dios se manifestó no a los centros de poder y riqueza sino al margen, entre los pobres. Amen.
Fuente : http://www.champagnat.org/es/261000007.asp?num=1387
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