
Cuando recibí la terrible noticia de que mi mamá tenía cáncer, mi vida cambió súbitamente; aunque no para bien porque, cuando falleció, permití que los excesos gobernaran mi existencia, al extremo de abortar, de sufrir en silencio mi crimen y de estar, en estos momentos, postrada en una silla de ruedas. En los momentos más difíciles de la enfermedad de mi mamá, confié en que Jesús la sanaría; y no es que fuera una fiel católica, pero sabía de la importancia de la oración, por ello le pedía a Cristo por su salud.
Luego de un encuentro personal que ella tuvo con Dios, vi con alegría cómo empezó a sanar su alma, aunque no su salud, que era lo que me preocupaba. El Espíritu de Dios la llenó de una fortaleza increíble, sólo había alegría y gozo en su corazón; sin embargo, dos años después de que le diagnosticaron el cáncer, llegó el momento más doloroso para mi familia: falleció.


















