
A mí me parece muy bien que se recen por las vocaciones sacerdotales. Pero considerar que estas vocaciones son las únicas, cuando tanto se pide por ellas, me parece un error muy extendido y a corregir cuanto antes.
La vocación matrimonial y familiar, no me cansaré de repetirlo, es el origen y cuna de todas las otras. Al menos, en buena teoría. La familia cristiana es el primer seminario, o semillero, para todas las demás vocaciones.
La apertura generosa para responder al don de la llamada del Señor también está en un noviazgo vivido desde la fe cristiana, firme, el amor verdadero, casto y la espera necesaria, paciente, de la entrega en el consentimiento matrimonial.
Hoy en día se echa de menos a padres de verdad, no meros progenitores biológicos, que sepan ayudar a crecer y madurar a sus hijos no a través de un serie de premios y castigos, no sólo a través de la compra y la privación de consolas de videojuegos según rindan en la escuela o estudios, sino quienes acompañen y guíen, en serio, hacia la madurez a unos hijos que necesitan tanto de su cariño como de sus palabras sabias, y gestos oportunos, de primeros educadores y referentes prácticos, testigos fiables, coherentes, de creencias y valores.







