
Un alumno se recupera en el hospital de un navajazo recibido en el patio de un instituto. Su colegio ha decidido contratar a un vigilante de seguridad para vigilar el recreo de sus alumnos. Sentencia condenatoria contra un grupo de jóvenes implicados en el suicidio de un compañero. Una alumna sufre en silencio acoso escolar durante años. Podría parecer el exagerado parte de incidencias de un barrio neoyorquino, pero no lo es. Se trata de un breve resumen de noticias sucedidas en nuestro ámbito educativo más cercano. Todo parece indicar que la violencia escolar ha dejado de ser una cuestión marginal y se ha convertido en una preocupación social. La violencia está en nuestras aulas y en cualquier momento podemos sufrirla.
Ante estos hechos, hay quienes se preguntan si su frecuencia está motivada por una sociedad y unos medios de comunicación cada vez más sensibilizados con este tipo de violencia. “Violencia en las aulas la ha habido siempre”, se dice. Sin embargo, creo que la respuesta a esta pregunta es taxativa: los casos de violencia escolar son cada vez más frecuentes y más graves. Así lo interpretan también las autoridades educativas, que han decidido tomar cartas en el asunto. En la actualidad, numerosos profesores reciben cursos de capacitación con un doble objetivo: ser mediadores en casos de conflictos y desarrollar en los alumnos habilidades sociales que permitan un mejor dominio de las situaciones conflictivas. Se han diseñado test que permiten detectar casos de violencia solapada y protocolos de actuación para cuando surgen estos casos.







