
Hace ya algún tiempo, alguien que quería bromear conmigo, sabiendo que yo seguía en Roma, después de haberle expresado mi alegría por regresar a Portugal, me preguntó: “Finalmente ¿cuál es tu “nueva tierra”? Probablemente esperaba que la respuesta fuese: “Mi nueva tierra es Misión ad gentes”. Pero le respondí con el mismo tono de broma y con palabras que parecen una paradoja: “Mi nueva tierra es el mismo despacho”. De hecho, he cambiado de función, pero conservé el mismo despacho. Apenas si cambió la placa indicativa de la puerta. De “Comisión de Vida Religiosa” pasó a ser “Misión ad gentes”.
Pero, más allá de la broma, había algo muy claro: era el mismo despacho y la misma persona. Pero cambiaba el trabajo, cambiaba el pensamiento y hasta inclusive el método en relación con lo que hacía anteriormente. Aparecen nuevos planes y nuevas perspectivas en mi trabajo. Y todo esto exige una nueva disposición interior de apertura y de escucha. Trabajaré en el mismo espacio físico. Pero el mundo de mi trabajo es otro. Y tiene que ser otra mi actitud interior para responder a nuevas llamadas. Una actitud, en el fondo, de obediencia, es decir, una actitud de escucha de las nuevas llamadas de Dios y de los hombres. Y todo esto tiene algo de “nueva tierra”.


















